
En Buenos Aires hay una comunidad china considerable. Son dueños de supermercados, tiendas de ropa y curiosidades. De hecho, El barrio chino es uno de mis lugares favoritos de la ciudad y, en general, la cultura oriental siempre ha sido algo que me ha atraído mucho. Quizás no es casualidad que de repente por cosas curiosas de la vida, me vea en las circumstancias que me hicieron conocer un poco más de cerca a esta comunidad. El caso es que me tocó escribir un artículo sobre platos exóticos (o poco convencionales) en restaurantes chinos. No contaba con muchas ayuda para realizar mi tarea. La orden de la revista para la que lo hice fue clara: ve e intenta que te dejen probar los platos. No te vamos a dar sino un presupuesto muy limitado para que -solo en situación de emergencia- puedas probar un par de cosas.
Yo creyendo que sería pan comido (o arrolladito comido), comencé mi travesía que relataré en capítulos:
Capítulo 1: la incomunicación en pleno.
Hice una selección de restaurantes para visitar por toda la ciudad. Me pareció inteligente llamar primero. Recibí respuestas tales como: “no entiendo” o “muy ocupado” (cuando no me colgaban el teléfono). Decidí afrontar el problema presencialmente y me fui con Dika a uno de los lugares donde me colgaron el teléfono. No podía concebir que en un restaurante no les interesara la publicidad gratuita que les haría. Entré y fui recibida por un grupo de mujeres hablando en chino detrás de la caja. Les traté de explicar con una sonrisa ridículamente grande cuál era mi objetivo, a lo que sólo recibí miradas de hostilidad y fastidio (me sentí como una vendedora de seguros). Luego tras un seco: “no, gracias”; recibimos una invitación indirecta (pero fuerte) para irnos. Sin desmoralizarnos, nos dirijimos a otro restaurante de la lista. Un hombre sonriente me recibió y escuchó atentamente. Le pregunté si había algún plato en la carta que la gente pidiera poco, a lo que respondió:
-aló con huevo.
-No, pero uno que se pida menos que ese, uno más raro.
-Sí, aló con huevo
Tras un par de “aló con huevo” más, pretendí anotarlo, le di las gracias y salimos. Me percaté de que posiblemente iba a ser más complicado de lo que me había imaginado.
Capítulo 2: Ming Yao y la suerte de mi lado.
Al día siguiente, decidí llamar al restaurante más lujoso de la lista pensando en que correría con la misma suerte. Me atendió una argentina que, tras escuchar mi explicación, me invitó a acercarme al lugar. Tomé ese pequeño triunfo como una buena señal y tras acordar una fecha para mi visita, me fui a otro restaurante de la lista que quedaba cerca a mi oficina. Ya con la suerte de mi lado, las cosas comenzaron a salir bien. Al llegar conocí a Ming Yao (nombre falso), el dueño del lugar. Entendía español y hablaba a la perfección. Fue el primero en darme datos valiosos para el artículo y por ello le tengo mucho cariño (aunque él no lo sabe). Me describió platos exóticos en detalle y hasta accedió a que fueran a tomarles fotos para el artículo. Cuando le pregunté si me permitía probar alguna de las comidas me dijo que no. No importa Ming Yao, tu amabilidad fue suficiente, me voy contenta.
Capítulo 3: el lujo hecho comida china.
En el restaurante lujoso al que llamé, no sólo me atendieron perfectamente sino que me pidieron que hiciera una selección de platos para probar. Sintiéndome Anthony Bourdain, elegí un par de opciones que el chef mismo me había recomendando y pronto me encontré sentada frente al Río de la Plata degustando manjares orientales y sintiéndome feliz. En ese momento pensé que todos los esfuerzos valían la pena y que el artículo de alguna manera u otra, sería posible.
Capítulo 4: una familia de China y un ciervo de Bariloche.
Un domingo al mediodía me fui al barrio chino, donde tenía la mayor cantidad de restaurantes por reseñar. Me di cuenta de que había elegido una hora terrible. Todos estaban a reventar y recibí muchas malas caras y “vuelve otro día”. Por lo menos logré acordar un par de encuentros y unos días más tarde regresé. En uno de los restaurantes el dueño eligió un plato de carne de ciervo con una salsa exótica y exquisita (me trajo un poco para probar). Cuando estaba saliendo, me sonrió y me comentó que el ciervo era de Bariloche. Mmm…. ¿calificaba o no para el artículo? Creo que sí, total, el ciervo puede ser argentino, pero la receta sigue siendo china.
En otro lugar me encontré con el dueño y toda su familia sentados en una mesa en pleno restaurante sacando cuentas y contando el dinero de la caja chica (8 pm, restaurante lleno). Tras oir mi historia, el chino me dijo rápida y secamente que en su restaurante pedían todo lo del menú; que si no, no lo ofrecería. El caso es que no sé cómo, ni cuándo, ni porqué; pero terminé hablando un largo rato con el chino, me soltó la información necesaria y hasta me contó chistes sobre los argentinos.
Capítulo 5: orejas de cerdo y panza de pollo.
A la entrada del barrio hay una especie de rotisería china donde se ven cuerpos de pato colgando y garras de aves cocidas en una vitrina. Si han ido al barrio chino, con seguridad lo han visto y han notado las caras de asco que pone la gente al pasar. Bueno, yo quería esa comida para el artículo. Claramente ahí ni intenté explicar. Fui (con Lucas) y compramos un poco de todo. Hicimos un ranking en orden de incomible a comible: oreja de cerdo, panza de pollo, garra de pato y lengua de cerdo. Les digo que si le dan a alguien la lengua, en un sanduchito bien camuflajeada, se la comen felices.

Garra de pato semi-comida por Lucas. No es tan terrible como se ve. Cosa de no pensarlo mucho y meterle un mordisco (cuidando de no cortarse con la uña afilada).
Capítulo 6: mi nueva amiga.
Un amigo del trabajo es de ascendencia japonesa y, en una fiesta por estas fechas, se me ocurrió contarle de mis aventuras. A él se le ocurrió presentarme a una amiga china que quizás me podría ayudar un poco con el artículo. Acto seguido, me puso en contacto con ella mediante la magia de Facebook. Sorprendentemente, ella se ofreció a llevarme PERSONALMENTE al restaurante de su tía. Yo no podía creer tanta suerte y tanta amabilidad. Me encontré un domingo con ella y su esposo (de ascendencia japonesa) y fuimos al lugar acordado. Probé los huevos fermentados de los 1000 años y otras cosas increíbles a las que jamás hubiese podido acceder sin la ayuda de un verdadero conocedor. La gente a nuestro alrededor comenzó a vernos con curiosidad y a señalar los platos de nuestra mesa. ¿Tuvieron esa sensación de que el que se sienta en la mesa de al lado sabe algo que uno no, y pide todos los platos correctos? Bueno, esa era yo. Este fue el momento cúspide de la experiencia. Sentí que era un gran logro estar ahí.
Capítulo 7: el restaurante que nunca fue y después sí fue.
Mi amiga china me recomendó un sitio super tradicional en Parque Centenario al que fui para cerrar mi nota con broche de oro. Estaba cerrado por vacaciones, lo que fue una gran desilusión que duró cinco minutos. Ese fue el tiempo que me tomó descubrir un lugar de empanadas y pastelitos judíos en la misma cuadra (Ferrari 202). Absolutamente recomendado.
Unas semanas más tarde quedé con Leo de ir a comer empanadas judías ahí mismo y estaba cerrado, pero adivinen qué estaba abierto (¡Sí! el chino). El gran descubrimiento de este lugar son unas empanadas al vapor rellenas de caldo y cerdo llamadas Xialongbao, vale la pena ir y comerse 45. Había una pareja china sentada al lado que pidió 8 raciones (de 5 cada una… 5×8=40 empanaditas). No hacen falta más explicaciones.

Esto no es en el restaurant chino, más bien parece China. Esas sí son las empanaditas exquisitas llamadas Xiaolongbao. Las pongo para que las reconozcan y les de hambre y vayan y las pidan.
Finalmente pude terminar el artículo exitosamente. Estoy muy satisfecha por todas las experiencias vividas y por mis nuevos conocimientos en cuanto a comida china respecta. También estoy contenta con mi acercamiento a esta comunidad y cultura que es interesantísima. No quise mencionar a nadie ni a nada, pero si alguien está interesado en algún dato, que no dude en contactarme.
Muchísimas gracias para todo el que colaboró con esta experiencia, ya buscaré formas de agradecerles con algo de mi propia cultura
















